viernes, 10 de octubre de 2014

Científico del CSIC descubre un nuevo compartimento en su frigorífico

El espeleólogo del CSIC  Aureliano Roca ha descubierto esta mañana casi por casualidad un nuevo compartimento en el frigorífico de su cocina. El compartimento, que está siendo estudiado por el propio Aureliano Roca, se encontraba al parecer justo debajo de los cajones de las verduras y oculto tras una puertecita de color blanco. “Es precisamente este color blanco, extraordinariamente parecido al color blanco del resto del frigorífico, lo que ha mantenido oculto este compartimento durante todos estos años”, ha declarado el científico.

El hallazgo ha cogido por sorpresa a toda la comunidad científica que ya baraja varias hipótesis de cómo y cuándo se formó este compartimento aunque la más razonable según el propio Aureliano Roca es “que se formara justo cuando se fabricó el resto del frigorífico pero que yo no me haya dado cuenta hasta ahora”.

Lo más sorprendete del caso es que el espeleólogo halló algunos alimentos dentro del compartimento: unos yogures, un sobre con jamón york y queso en lonchas, que ahora están siendo analizados mediante la prueba de carbono-14 para saber cuántos años llevan allí. “Lo más probable es que mi antiguo compañero de piso sí conociera el compartimento y se dejara todo eso olvidado”, ha declarado Aureliano Roca. "Podría llamarle para preguntarle pero igual me pide que se lo devuelva", ha añadido mientras se preparaba un sándwich mixto.

El equipo de espeleología del CSIC se muestra “satisfecho ante el mayor hallazgo desde que nos recortaron el presupuesto y no podemos explorar cuevas” y durante los próximos meses van a enfrascarse en la hercúlea tarea de investigar los cajones del piso de Aureliano en busca del manual de instrucciones del frigorífico con el fin averiguar para qué sirve ese compartimento (algunos sostienen que podría tratarse de la “zona cero” del frigorífico) y si existen más por descubrir en dicho electrodoméstico.

martes, 7 de octubre de 2014

Gregario

La fila de gente era enorme ya cuando Gregario llegó. Se colocó a la cola, no sin antes preguntar al que le precedía si él era el último y se puso de puntillas a ver si conseguía divisar a sus amigos. En seguida más gente se puso detrás suya y Gregario se sintió algo aliviado por no ser el último.

“Si consiguiera ver a mis amigos intentaría que me colaran” pensó Gregario cada vez más nervioso. Le fastidiaba que sus amigos llegaran antes hasta el final y él estuviera solo. En un momento de despiste del grupo que le precedía, Gregario avanzó un poco más deprisa para colocarse delante pero no fue lo suficientemente sigiloso.

–¡Eh, tú! No te cueles –le dijo uno de ellos dándole un empujón que colocó a Gregario en su posición anterior.

–Perdona, no me había dado cuenta –mintió.

La cola avanzaba lentamente y Gregario cada vez estaba más nervioso. Sus amigos probablemente hacía tiempo que ya habían llegado al final y él seguía ahí. Además escuchaba como los que tenía justo detrás especulaban con la posibilidad de que ya hubiera tanta gente que lo hubiera hecho, que la caída fuese demasiado pequeña debido a la acumulación de gente. Las sospechas se confirmaron cuando algunos que había llegado al final estaba volviendo diciendo que no había nada que hacer, que ya estaba el fondo lleno.

La confusión empezó a crecer en la cola, mientras que Gregario, frustrado, corría buscando a sus amigos. Ya era tarde, sus amigos se habían tirado por un puente y él seguía allí, tal como habían predicho sus padres.

viernes, 3 de octubre de 2014

Mamadou

Mamadou lleva casi diez años en España. Como cada mañana va al semáforo de la rotonda a vender pañuelos. Todos los días ve las mismas caras tras los retrovisores y conoce a cada uno de ellos de tanto verlos. Mamadou siempre tiene una sonrisa para todos.

Aquel día Mamadou vio como se acercaba el Renault de la familia Rodríguez. La familia Rodríguez pasaba todas las mañanas para llevar a los niños al colegio y siempre le daban algo a Mamadou por lo que éste les había cogido gran afecto. Mamadou se aproximo con una gran sonrisa a la ventanilla y la señora Rodríguez la bajó, pero en lugar de darle una moneda le pidió que subiera al coche.

–Por favor, es urgente que vengas con nosotros, te lo recompensaré.

Tras pensarlo unos instantes, Mamadou se montó en el coche. Le extrañó que no estuviera el señor Rodríguez. Sí estaban los pequeños a los que Mamadou también saludó con una gran sonrisa, pero éstos parecían preocupados al igual que la señora Rodríguez.

–¿Y el señor Rodríguez? –preguntó Mamadou cuyo español después de casi diez años era bastante bueno.

–Mamadou, el señor Rodríguez está muy enfermo. Los médicos dicen que va a morir.

–¡Oh! ¡Lo siento mucho! –contestó perdiendo su perenne sonrisa.

–Necesitamos que tú lo operes.

­–¿Qué? –preguntó sorprendido Mamadou.

­–Sí, por favor, tienes que curarlo –dijeron los niños de los Rodríguez mientras abrazaban a Mamadou desde el asiento de atrás.

–¡Pero si yo no sé nada de medicina! –gritó Mamadou desconcertado mientras intentaba zafarse de los pequeños.

–Confiamos en ti, se te ve tan buena persona… Lo hemos hablado y eres la única persona en la que podemos depositar nuestras esperanzas –dijo la señora Rodríguez mientras echaba el cierre automático del coche para que Mamadou no pudiera escapar.

–¡Estáis locos, joder!

El coche llegó a una vivienda unifamiliar con garaje. Hasta que la puerta del garaje no estuvo cerrada la señora Rodríguez no dejó a Mamadou salir del vehículo. Éste salió corriendo y abrió la primera puerta que se encontró, al otro lado estaba el salón donde el señor Rodríguez yacía agonizante en el sofá.

–Mamadou… por fin has llegado… –dijo de forma casi inaudible.

Mamadou quedó paralizado ante el señor Rodríguez ocasión que aprovechó la señora Rodríguez para poner en su mano un bisturí.

–Adelante Mamadou, hazlo –dijo.

Mamadou miraba alternativamente al señor y la señora Rodríguez, sus caras suplicantes estaban a la vez llenas de esperanza. Mamadou, con la frente encharcada en sudor aproximó el bisturí al pecho descubierto del señor Rodríguez y no se detuvo ni cuando el señor Rodríguez le pidió:

–Pero sonríeme mientras lo haces, por favor, sonríeme mientras lo haces…

miércoles, 1 de octubre de 2014

Aperitivo original


El anfitrión puso como aperitivo un bol lleno de cubitos de hielo. No eran para la bebida, no, sino para que se lo comieran. No encontró otra cosa en la nevera.

Lo más jodido de todo es que era invierno.

martes, 30 de septiembre de 2014

Viaje en metro-ave

Samuel adoraba los domingos. Se levantaba a las seis de la mañana para ir al trabajo y se dirigía a la entrada de “metro-ave” más cercana a su casa. Tras comprobar que el billete había vuelto a subir pensaba de forma comprensiva que los servicios públicos tenían que subsistir de alguna manera.

Ya en los andenes comprobó que el “metro-ave” solo tardaría 17 minutos en llegar. Apuntó mentalmente que al día siguiente tendría que levantarse un poco antes para llegar a su trabajo con tiempo de sobra. Había que reconocer que el “metro-ave” no era todo lo rápido que su nombre hacía pensar, de hecho era igual de rápido que el antiguo metro normal, aunque bastante más caro.

Samuel trató de borrar esos pensamientos negativos de su mente y le alivió escuchar la dulce voz de megafonía decir: “Todas las batallas en la vida sirven para enseñarnos algo, inclusive aquellas que perdemos”. Cuando llegó el tren pagó el suplemento por entrar al vagón y se agarró como pudo a una de las barras atestadas de manos. Samuel noto como gotas de sudor empezaron a recorrer su espalda.

“Lo que ahoga a alguien no es caerse al río, sino mantenerse sumergido en él”, dijo la voz de megafonía antes de anunciar la siguiente parada. La gente que se apretaba en el vagón asintió y sonrió ante tan gran verdad. Una muchacha rubia de unos veinticinco años se levantó como pudo de su asiento y pidiendo disculpas se dirigió hacia la puerta.

–¿Va a salir en esta parada, camarada? –preguntó Samuel.

–Sí, gracias camarada.

Samuel consiguió apartarse a duras penas de la puerta. El barullo de gente lo apretó contra el cuerpo firme y a la vez suave de la joven. Su pelo olía a jazmín y Samuel se fijó por primera vez en sus ojos grises que no dejaban de escrutarlo.

–Perdona camarada, hay tanta gente, estos domingos… –se disculpó Samuel.

–Yo adoro los domingos. Solo se trabaja ocho horas pero sé aprovecharlos –contestó la chica.

Samuel de alguna forma vio una especie de disensión en ese “solo”. ¿Quería decir que le parecía poco el régimen de trabajo que había impuesto el Gobierno? ¿Le parecía demasiado blando? ¿O tal vez solo estaba fingiendo? “La vida no está hecha de deseos y sí de los actos de cada uno”, dijo la megafonía ante la aprobación general y luego añadió: “atención, estación en curva”.

 –Siempre puede hacer horas extras si le parece poco, camarada –dijo Samuel buscando la mano de la joven con sus manos.

Es cierto que notó cierta electricidad, un cosquilleo probablemente insano en su estómago cuando la joven cogió su mano y se la acarició, pero ahí estaba la prueba evidente y palpable. “Morir mañana es tan bueno como morir cualquier otro día” dijo la megafonía mientras Samuel, sin soltar la mano de la joven la sacaba del vagón para entregarla a las autoridades.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Lo que de verdad cuenta

El teléfono sonó en casa de Samanta. Ella descolgó rápido porque esperaba ansiosa la llamada.

–¿Cristina?

–Sí, soy yo.

–¿Qué tal tu cita con Luis? Cuenta, cuenta… –dice mientras coge una posición más cómoda.

–Genial, tía.

–¿Qué paso? ¿A dónde fuisteis?

–La verdad que la cosa empezó regular. Fuimos al centro comercial y allí, claro, hay aparcamiento subterráneo y es un aparcamiento que está muy bien hecho con los espacios grandes. Hombre, lo hizo muy bien, todo hay que reconocerlo pero la dificultad era mínima.

–Vaya, tía. ¿Pero luego la cosa mejoró?

–Que si mejoró… Me llevó luego a la zona de bares.

–¿Y dónde aparcó?

–En la misma calle principal.

–¿En serio? –preguntó Samanta que cada vez se sentía más caliente.

–En serio. Y tú bien sabes que yo siempre he dicho que a mí el tamaño no me importa pero el sitio era superpequeño y su coche un Toyota de estos grandes.

–Uff, tía… Sigue contando –suplicó Samanta mientras jugaba con uno de sus pezones.

–Pues a la primera, casi no tuvo que maniobrar.

–Dios…

–No sabes cómo me puso.

–Me lo imagino –contestó Samanta llevando la mano libre a su entrepierna.

–Tía te tengo que dejar que está a punto de llegar para llevarme para intentar aparcar por el centro en plena hora punta.

–Joder tía, Luis es un máquina. Pero ten cuidado que van muchas detrás suya.

–Normal, dice que es capaz de aparcar a dos ruedas…


Tras colgar, Samanta se levantó del sofá y se acercó al balcón para observar su calle. Vio como un pequeño Renault entraba con la más que posible intención de buscar aparcamiento, pero se sintió decepcionada cuando el muy degenerado lo dejó en segunda fila.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Pagar con tarjeta


Pagar con tarjeta en algún comercio y que te la devuelvan doblada.


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